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Crítica

La oficina | ¿Es buena la versión mexicana de The Office? Te decimos

La serie está disponible en Prime Video

Omelete
3 min de lectura
Lopez Aguirre
13.03.2026, a las 06H55.
Actualizado en 13.03.2026, a las 14H09
La oficina | ¿Es buena la versión mexicana de The Office? Te decimos

Tras ver los ocho episodios de La oficina, la sensación que te deja al final es esa interrupción de tu jefe cuando estás en un break con tus coworkers, con quienes la estás pasando muy bien y te hacen más ligera la chamba. Quieres más pero luego del octavo episodio sólo quedaría volver a verla.

Fernando Bonilla hace de Jerónimo Ponce III un protagonista capaz de alcanzar los timings ideales para lanzar bromas que serían cancelables para los más sensibles, pero Bonilla construye a un jefe muy inocente, muy chapado a la antigua y, al mismo tiempo, con una naturalidad en su personaje que es imposible pasar por alto.

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Gaz Alazraki y Marcos Bucay llevan demostrando, a lo largo de su trayectoria, que el humor en México puede llegar a diverso público, retratando diferentes roles sociales, sus defectos y virtudes, sin caer en estereotipos, o cuando ocurre, es por un sentido de la comedia y no como un medio.

Los dos primeros episodios funcionan como introducción a las dinámicas dentro de Jabones Olimpo. Es un arranque “a la segura”, con buenos momentos, aunque algunos espectadores podrían sentir que aún falta algo más de riesgo. Esa sensación desaparece en el tercer episodio, donde comienza a aparecer el verdadero corazón de La oficina. A partir de ahí, cada minuto eleva el nivel de cringe con situaciones que parecen diseñadas específicamente para un personaje como Jerónimo Ponce III.

Lo que realmente le da identidad propia a La oficina México es que no intenta adaptar directamente The Office UK, sino tomar su concepto para trasladarlo a un contexto muy reconocible: una empresa mexicana heredada de generación en generación. Es un escenario familiar para muchos. El empleado que, por más preparado que esté, sabe muy dentro que nunca podrá ser dueño de la empresa que ahora dirige el Junior. O la madre soltera que, para llegar a la quincena, también es una Neni que vende productos entre escritorios.

Alazraki y Bucay logran aterrizar ese concepto en la geografía y en los tiempos actuales. Una oficina como Jabones Olimpo, ubicada en Aguascalientes, difícilmente podría existir sin esos comentarios fuera de lugar, ya vengan del dueño de la empresa o de los propios colegas. Algunos serán muy cancelables, otros simplemente incómodos, pero forman parte de ese ecosistema laboral que la serie observa con humor. Otros creadores quizá habrían apostado por un tipo de comedia más segura, menos arriesgada o, peor aún, abiertamente doctrinaria.

Como bien señaló Fernando Bonilla, Amazon hizo lo correcto al confiar en talento antes que en fama. El resultado es un elenco que se siente sorprendentemente ensamblado, como si los actores llevaran ya siete temporadas trabajando juntos en episodios de 24 capítulos cada uno.

En una época donde las series suelen tener temporadas cada vez más cortas y pausas de hasta cuatro años entre estrenos —Stranger Things es uno de los ejemplos más claros—, el impulso inicial de una serie puede diluirse con facilidad. Alazraki y Bucay parecen ser conscientes de ello y están preparados para evitar que eso ocurra con La oficina.

El trabajo de cámara y el timing cómico están cuidadosamente diseñados, pero también existe la intención clara de no dejar enfriar a la audiencia. Solo falta que Amazon Prime Video dé luz verde a la segunda temporada… con esos mismos nervios que se sienten cuando vas a pedirle un aumento al jefe.

Nota del Crítico

La oficina

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