Backrooms | De 4chan al cine, el horror llega con toques de autor
La versión cinematográfica del fenómeno viral de YouTube
El terror siempre ha sido el género ideal para comenzar una carrera, ya sea para una casa productora, un estudio, una distribuidora, para el talento o, en este caso, para su realizador. La conversación que existe alrededor de Backrooms —cuando no son las teorías que existen alrededor de la historia, algo que le encanta a sus fans— gira en torno a la edad de su director, Kane Parsons, quien, a sus 19 años, fue seleccionado por A24 para realizar su ópera prima, basada en su propia serie de cortometrajes sobre los Backrooms.
¿Y qué son los Backrooms? Esa es la pregunta que ha enganchado a la gente desde su viralización, por allá de mayo de 2019, cuando un post en 4chan sobre una imagen de un edificio burocrático abandonado provocó que la gente comenzara a subir fotos de lugares abandonados, pero que causaban una sensación cercana a lo desconocido, al terror, con imágenes aparentemente normales.
La historia nos ubica en la década de los 90, donde una tienda de muebles que claramente está en números rojos es el escenario para que nuestro personaje, Clark (Chiwetel Ejiofor), descubra una grieta en la pared que lo lleva a estos backrooms, que son grandes habitaciones, todas en tono amarillo, con un zumbido que nunca para y donde a veces aparecen muebles u objetos a la mitad, pero en donde otras habitaciones parecen guardar sonidos… o seres que parecen provenir de nuestras pesadillas.
Es así que acompañamos a Clark en su investigación, donde les confía a las personas cercanas a él sobre el descubrimiento que hizo, ya sean sus dos ayudantes de la tienda de muebles o su psicóloga (Renate Reinsve), con quien lo vemos en terapia tras la separación de su pareja y por lo que suponemos que ya lleva tiempo atravesando dicha situación. Ambos repasan lo que ocurrió en la relación de Clark; él trata de regresar a los momentos que fueron destruyendo la relación, todo eso mientras atraviesa, literalmente, una nueva dimensión.
La película sorprende por su ritmo, donde la historia se toma su tiempo para ir desarrollando el suspenso, y esto llama la atención tomando en cuenta que su director viene de YouTube, una plataforma que busca que el usuario no deje de ver el video, por lo que hace todo lo posible para mantener la retención, y eso quiere decir darle un estímulo constante al espectador… bueno, pues eso no ocurre con Backrooms: es una película de horror que juega con el llamado subgénero del “elevated horror”, y es ahí donde encuentra su problema.
Si bien el origen de Backrooms proviene de las creepypastas que se pueden crear a partir de una simple imagen, también es una historia de internet; no estamos ante una leyenda folklórica del siglo IX, y el guion se torna por momentos muy serio, muy profundo —especialmente hacia su final—, y la ejecución termina siendo más cercana al cine de autor para festivales que a un filme de terror veraniego. ¿Eso es malo? No, pero es curioso que Parsons y A24 hayan optado por ese camino más autoral y no tanto por el horror blockbuster.