El diablo viste a la moda 2 reproduce la energía original en una secuela igual de icónica
Reforzando la calidad de los personajes creados en 2006, la película hace un comentario urgente sobre la industria mediática.
Créditos da imagem: 20th Century Studios
Aunque no cuestiona su propia existencia como sí lo hacen otras películas interesadas en diagnosticar el estado actual de la industria mediática (piensa en Matrix Resurrections o incluso Deadpool & Wolverine), El Diablo Viste a la Moda 2 es una película constantemente consciente del momento en que llega a los cines. Pasaron 20 años del clásico que lanzó el papel de la vida de Meryl Streep como Miranda Priestly y puso a Anne Hathaway en el nivel de estrella de cine, además de presentarnos a Emily Blunt, el regreso a las oficinas de la revista Runway está, de manera justificada, preocupadísimo por el futuro de ese lugar.
Dentro de la historia, esto ocurre cuando una serie de crisis – de imagen, de anunciantes, de contenido y de presupuesto – amenaza el poder de la hasta entonces inquebrantable Miranda Priestly, trayendo de vuelta a Andy Sachs de Hathaway al radar de la fría y calculadora editora en jefe, pero esta vez como editora de reportajes especiales. La contratación de la periodista, ahora con una extensa pero turbulenta carrera de exclusivas en publicaciones respetadas, es un intento del CEO del ficticio grupo de medios Elias-Clarke, Irv Ravitz (Tibor Feldman), de revitalizar la credibilidad de Runway. A través de un buen trabajo, Andy va, poco a poco, causando un impacto real. Pero, aunque eso ayude a ganarse el respeto de Miranda, pronto queda claro que el “buen trabajo” no será suficiente para salvar a Runway.
Esto sucede porque, fuera de la historia, El Diablo Viste a la Moda 2 existe como un sorprendente y sorprendentemente urgente diagnóstico de la industria mediática que él mismo destaca. Mientras desfila participaciones especiales de celebridades, modelos y diseñadores como si fueran miembros de los Vengadores apareciendo para provocar el furor de los fans, el director David Frankel también pinta un panorama que sugiere el fin del ecosistema que creó esa mismísima cultura. Runway, claro, ahora es más un sitio web que una revista. Sus creaciones, se queja el siempre bienvenido Nigel de Stanley Tucci, ahora pasan a verse en forma de clips de 10s que la gente mira mientras va al baño.
Emily Charlton de Emily Blunt ahora trabaja en el retail porque, según ella, este es el último sector de la moda que da dinero. La calidad fue reducida a contenido.
Mientras lamenta no solo la aparentemente inevitable venta o cierre de Runway, Andy suelta la frase de la película: ¿Hasta cuándo las cosas serán reducidas y optimizadas al punto de perder su valor y su identidad? Revistas, librerías, ropa. Al mismo tiempo que celebra lo táctil, desde la tela hasta los lugares icónicos, El Diablo Viste a la Moda 2 habla de cómo las redes sociales, la IA y las grandes corporaciones están abandonando la belleza en nombre de la funcionalidad. Ni siquiera un suéter azul provoca tanta repulsión en Miranda Priestly como eso.
Escrito así, puede parecer que El Diablo Viste a la Moda 2 es una película seria e intensa. Bueno, sus temas son tratados con seriedad, pero esta obra late con tanta energía como la original. Saltando entre Nueva York, Milán y el Lago de Como (es un enorme alivio ver algo filmado en locaciones reales), los personajes creados en 2006 se muestran a prueba de la erosión, y comprueban que su estatus como icónicos no fue un accidente. Aunque está demasiado suavizada, Miranda Priestly sigue siendo diabólicamente divertida de ver, y Streep toma decisiones muy precisas sobre cuándo bajar la guardia y mostrar algo de vulnerabilidad, dando como resultado escenas inesperadamente conmovedoras con el personaje.
La siempre optimista Andy funciona bien como contrapunto de Miranda, dándole a Hathaway otra oportunidad de poner en escena su infinito carisma. En eso, solo pierde frente a Tucci, el no tan secreto as bajo la manga del elenco. Uno de esos actores que siempre mejora las películas en las que está, él convierte a Nigel tanto en un consuelo como en un corazón, y una de sus últimas líneas con Andy es capaz de hacer llorar a los fans.
Quien sale menos favorecida por la película es Blunt. Todavía capaz de arrancar buenas risas como la neurótica Emily, la actriz es la principal víctima de un guion que sufre de los males modernos traídos por la era del streaming y de la segunda pantalla. Además de estar repleto de diálogos expositivos donde los personajes proclaman en voz alta y clara lo que está pasando, el predecible texto de Aline Brosh McKenna y Lauren Weisberger prácticamente anuncia cada giro de la historia dos escenas antes de que ocurra, y parte de eso deriva en un ir y venir mal trabajado en la relación de Emily con Miranda y, especialmente, Andy.
Súmale a eso una edición desordenada (no la cronometré, pero no debe haber una escena de más de cinco minutos en toda la película) y una fotografía digital plana* que le da a El Diablo Viste a la Moda 2 un aspecto medio “Netflixizado” de “contenido” – irónico para una cinta que discute exactamente ese cambio –, y tienes una contradicción interesante. Además de los gigantescos cameos y fanservices, estos elementos forman parte de un claro esfuerzo por hacer la producción más digerible para la generación TikTok. Algunos de ellos perjudican la obra, pero quizá ayuden a garantizar su éxito.
*Hay un montaje a la mitad de la película que fue rodado en película. Repleto de textura y contraste, es casi una afrenta al espectador. “Aquí está el look que esta película pudo haber tenido”. Casi grité “¡regresen a eso!” cuando terminó el momento.
Y, francamente, está bien. En determinado momento de la trama, un personaje sugiere que Sachs intente juntar lo divertido con lo relevante en su sección, y use ganchos más llamativos para abrir espacio a los temas más importantes. Tal vez ese trato con el diablo no solo sea aceptable, sino hasta necesario. Es casi un resumen de la misión de El Diablo Viste a la Moda 2, una que la película cumple con creces.